Día 1
Por
sus interminables salas y pasillos deambula la friolera de unos tres millones
de visitantes al año. No era de extrañar
que la propagación del virus comenzara en una de las más prestigiosas galerías
de arte del mundo, el museo del Prado ahora convertido en la zona cero.
Las
últimas investigaciones apuntaban que el paciente cero, una visitante de edad
comprendida entre los 20 y 36 años y de nacionalidad extranjera, transmitiera
el virus a un vigilante de la sala 4, donde se ubica de forma permanente el
exitoso tríptico del Bosco, El jardín de las delicias.
Desde
luego nuestra paciente cero se ajustaba estadísticamente al perfil
sociodemográfico que demandaba el Prado. El 24% de las visitas son de dicha
franja de edad y el 60% son mujeres. Pero lo más destacado de esta joven mujer es
que era portadora del virus, la enfermedad no la desarrolló.
Los
testimonios de algunos de los supervivientes del día D señalaban haber visto a
una mujer desmayarse en la sala 4. Que un vigilante le acompañó a la
enfermería del museo y que pocos minutos después comenzaron a escuchar gritos
de socorro y gente corriendo sin control. Vieron personas comportarse de manera
violenta, sin orientación y que propinaban golpes mortales a los que intentaban
ayudarles. La situación caótica y violenta iba creciendo por minutos y que al
poco, las personas que se comportaban de manera extraña llenaban las salas
colindantes, al tiempo que disminuía el número de voces pidiendo auxilio…