jueves, 24 de julio de 2014

MadriZ

Día 6

El amanecer llenó de luz el auditorio. La claridad penetró por las pequeñas ventanas y pudimos observar con más detalle, los resultados de la noche anterior. El rostro de la mujer a la que había matado estaba totalmente destrozado. Su nariz estaba hundida como la de un boxeador, la mayor parte de su dentadura se esparcía por el suelo, y parte de su masa cerebral brotaba por un lateral del cráneo. El resto de su cara estaba oculta bajo litros de sangre espesa.

Retiramos silenciosamente los enseres que bloqueaban la puerta de entrada al auditorio. Fuera no escuchamos movimientos, por lo que decidimos salir al exterior del edificio. Nos dirigimos hacia la Gran Vía y los cadáveres continuaban obstaculizando el paso; sobre todo por su insoportable hedor que causaba mareos y vómitos en la más pequeña del grupo.
Algunos cuerpos estaban cubiertos por panfletos informativos, y no eran los que había leído en el Paseo del Prado, éstos pertenecían a la OTAN. Informaban que la mayoría de los países de la unión europea, estaban restableciendo el orden y que el brote epidemiológico había cesado en su propagación al aislar poblaciones para su cuarentena. Continuaba dando instrucciones a los posibles supervivientes para su pronto rescate y que Madrid no sería arrasada, porque un equipo médico especializado debía localizar al paciente cero. Esta información fue arrojada vía aérea la noche anterior sin darnos cuenta; presumiblemente por aviones militares silenciosos. 

Un estridente sonido proveniente de mi mochila, paralizó al grupo. Sus rostros dibujaron pánico. El eco delataba nuestra posición. Se trataba de la alarma del móvil de la mujer a la que había abatido en el auditorio. Lo guardé porque aún conservaba un 15% de batería y serviría de localizador S.O.S. En cuestión de segundo, centenares de infectados aparecieron por todas partes. Corrimos hacia la única dirección despejada,  a Plaza Callao.
Por delante de mí, la joven anarquista tiraba de la niña y del chico, pero perdí de vista al joven de color. Un infectado lo había derribado unos metros por detrás. Se trataba del que había sido nuestro líder. Con sus propias manos abrió el estómago del joven y comenzó a comerse sus órganos aún estando vivo. Los gritos de dolor eran indescriptibles, no había precedentes a ese sonido.

El edificio comercial Fnac era nuestra única vía de escape.
-Espera por ahí no-gritó la joven tatuada- Mejor vamos a los almacenes, que son de acceso restringido. Conozco el camino, trabajé aquí unas navidades.
El chico me tradujo lo que decía y bajamos a la planta baja del edificio, la sección de electrónica. Al fondo había una puerta metálica pesada donde se estampaba la siguiente frase; “sólo personal autorizado” y en lugar de tener cerradura, tenía un pequeño cuadro numérico de seguridad.

-¡Mierda! Lo había olvidado. Esta puta mierda de seguridad-dijo la joven- Seguramente habrán cambiado el código. Vamos a los vestuarios, quizás en una taquilla algún imbécil habrá dejado su código.
Mientras el chico me indicaba, la muchacha probó suerte con su contraseña, pero saltó la luz roja.
Afortunadamente los vestuarios se encontraban próximos a nosotros. La chica comenzó a patalear todas las taquillas y fuimos una por una registrando su interior.
-¡Bingo!- dijo la joven.
En la puerta de una de ellas, un trabajador había anotado su código con rotulador negro. La chica lo memorizó y volvimos a prisa, pero había varios infectados justo en medio del recorrido hacia la puerta.
-¡Eh chico!-dijo la joven- Vamos hacer lo siguiente. Yo les distraigo y vosotros vais hacia la puerta. La mujer anotó el código en mi mano, cogió un portátil de una estantería y comenzó a golpearlo contra la pared. Los infectados reaccionaron al estruendo y por sus gestos, parecían muy molestos.

Picaron el anzuelo, y abrieron un estrecho pasillo, lo suficiente para llegar hasta el objetivo. Introduje el código y la puerta se abrió. Los pequeños entraron primero, y yo sostuve el portón para evitar que se cerrara. Tenía que comprobar que la muchacha lograra venir sana y salva sin que le infectaran; era un riesgo porque ella sabía el código.
La juventud y su buen estado físico, agotaban a los infectados que corrían sin descanso tras ella, pero se confió demasiado en sus posibilidades y uno de ellos, oculto bajo un estante, desequilibró su zancada precipitándose al suelo.
La sujetaron los brazos y las piernas y a continuación, un infectado fue arrancando uno por uno todos los piercings de su atlético cuerpo. Los chillidos de dolor de la mujer no frenaron aquella carnicería. Pude ver con el rabillo del ojo que le estaban cortando las extremidades a la altura de las articulaciones. La mujer dejó de gritar.



3 comentarios:

  1. Hola Desi. Éste me ha resultado un poco visceral para mi gusto. Pero para gustos, colores.
    Creo que en el paciente cero, está el dilema de como se creo la pandemia, y la solución a ella.

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  2. Hola Jose, efectivamente la clave esta en el paciente cero. Pronto lo averiguaremos.
    Gracias por los comentarios.

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  3. En mi caso "viva la carnaza", jejejejejejejeje. Es lo q tienen los zombies, son de un asquerosito para.comer.... Esta claro q esa paciente.cero tiene q aparecer y darnos una sorpresa....

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