lunes, 28 de julio de 2014

MadriZ



Día 7

En el almacén todo estaba a oscuras. Los pequeños se aferraban a mi cuerpo con tanta fuerza que me impedía sacar el móvil para poder orientarme. Quedaba un 7% de batería, pero lo suficiente para ver que la niña estaba mojada por haberse orinado, cuando los infectados acabaron agónicamente con la vida de la joven; era probable que también lo hubiera visto.

Cientos de cajas se apilaban en grandes estanterías con una altura de unos cinco metros, y me preguntaba, cómo diablos íbamos a salir de allí. No había ventanas al exterior, toda la estancia era hermética, y parecía no haber más puertas. Los infectados no tardarían mucho en abrirla y no sé cómo pero me daba la impresión, que se estaban transformando en criaturas más organizadas. Durante las primeras horas del contagio, manifestaban gran violencia porque el virus ataca directamente al sistema neurológico y después, al sistema locomotor; de ahí su caótica orientación. Poseen una extraordinaria fuerza física y parece que no les afecte el dolor; a pesar de que a algunos individuos les falten las extremidades y órganos. En cambio, en su segunda fase de contaminación, su violencia se apacigua, caminan siguiendo pautas  y organizan los ataques a base gritos y gesticulaciones.

A los pocos minutos, los golpes cesaron. Seguramente buscarían otras formas de entrar. Los críos agotados, durmieron unos momentos mientras yo buscaba alternativas de escape, antes de que fuera demasiado tarde.
Hallé en el suelo una rendija metálica que comunicaba con un nivel inferior al nuestro. Era lo suficientemente ancha para que mi cuerpo se deslizara por la cavidad sin problemas; sólo tenía que desatornillar sus extremos.
Desperté a los pequeños que aún se sentían extenuados y los bajé uno a uno, anudando varios uniformes que encontré por el almacén.



El hueco conducía directamente a los túneles del alcantarillado de Madrid. Afortunadamente estaba señalizado con pequeñas chapas, aunque algo mohosas. El olor pútrido de los cadáveres por primera vez desapareció, no había cuerpos en este nivel, pero el ambiente estaba más húmedo por la confluencia de los desagües.
Caminamos hacia la Puerta del Sol, allí debía haber más salidas al exterior porque la zona se encontraba ligeramente más baja que Callao, y en caso de lluvia, tenía más riesgo de inundación.
La batería del móvil marcaba un 3% y era lo único que me quedaba para alumbrar; probablemente tanto la linterna como el mechero los había perdido en el auditorio con las embestidas a la mujer.

A los pocos metros de estar caminando escuchamos sonidos tras nosotros, los infectados nuevamente se las habían arreglado para seguirnos. Las ratas, los únicos animales que habíamos vistos vivos, nos adelantaban por los lados ignorando nuestra presencia, y eso era muy mala señal. Corrimos en la misma dirección que marcaban los roedores, y pensé; ¿quién mejor que estos mamíferos para saber por dónde van?

-¡Por aquí, señorita!-dijo el muchacho-Hay luz al final del túnel.
Nos encontrábamos en una bifurcación y pero las ratas no iban en ese sentido.
-¡No! Por ahí no. Confía en mí, debemos seguirlas.
Pero el chaval asustado no me escuchó y continuó sin darse cuenta que se marcaban sombras en movimientos, tapando intermitentemente la luz.

La niña comenzó a gritar y me imploraba con gestos que fuéramos a socorrerle, pero ya era demasiado tarde. Cogí con fuerza a la pequeña y corrimos hacia la oscuridad del túnel opuesto, mientras el móvil vibraba indicando que la batería se había agotado.


1 comentario:

  1. Buena idea lo de la segunda fase. Quería comentarte que he visto que has introducido un gadget de trafico, me ha gustado mucho. Si pudieras explicarme como lo has puesto, lo pondría yo también en mi blog. Gracias.

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