jueves, 31 de julio de 2014

MadriZ



Día 8

Las ratas desaparecieron tras una pequeña brecha en la pared del túnel. Huían a un nivel por debajo del nuestro, pero nosotras no pudimos seguirlas. Estaba oscuro, el móvil se había apagado, pero lo conservé como posible dispositivo de localizador en movimiento. Quizás con suerte, los militares captarían su señal e irían a rescatarnos.

Sobre nuestras cabezas, a varios metros penetraba un poco de luz. Palpé con mis manos las paredes de nuestro alrededor, hasta que me topé con una escalerilla adherida. Aupé a la pequeña en el primer peldaño, y le ordené que subiera por ella con cuidado hasta llegar al final. Los infectados estaban aún entretenidos liquidando al muchacho, y debíamos apresurarnos. Una vez en la superficie, me aseguré de no ponernos a la vista de algún infectado; la panorámica no mostraba signos de vida, aunque me llamó la atención ver un carro de combate militar dirigiéndose hacia el teatro real, por la calle Arenal. Era imposible que los infectados pudieran manejar semejante coloso, se necesitaba precisión y entrenamiento y ellos habían perdido su sistema locomotor.

Por precaución, nos ocultamos detrás del tanque y así nos despejaba el camino hasta el teatro. Un soldado, perfectamente uniformado, patrullaba alrededor del teatro con su fusil. No parecía defender el edificio, más bien vigilaba los accesos hacia el Palacio Real. Sus movimientos eran normales y no presentaba heridas sangrantes en su cuerpo. El carro continuó hacia palacio, y decidí acercarme al soldado, pero sin la pequeña.

-¡Socorro! ¿Me oye? Soy una superviviente, me acompaña una niña.
El soldado se quedó inmóvil tras escucharme. Estaba de espaldas, a unos diez metros, y no podía verle la cara. Pensé que con el ruido de carro no me habría escuchado y decidí aproximarme más. Se giró y pude ver que el músculo de su lengua sobresalía de su garganta seccionada. ¡No puede ser! Era un infectado, y parecía casi normal. El soldado alertó a los ocupantes del carro que dieron media vuelta para encaminarse hacia la posición de la pequeña. Grité que se apartara del camino, pero la niña desapareció bajo las reptantes ruedas del tanque, dejando su cuerpo aplastado sobre el asfalto.

El soldado golpeó mi cabeza con la culata de su fusil y caí al suelo medio inconsciente. Antes de que mi mente se nublara y perdiera el sentido, puede ver helicópteros en el cielo madrileño y figuras arrojándose desde ellos, entonces las luces se apagaron.


lunes, 28 de julio de 2014

MadriZ



Día 7

En el almacén todo estaba a oscuras. Los pequeños se aferraban a mi cuerpo con tanta fuerza que me impedía sacar el móvil para poder orientarme. Quedaba un 7% de batería, pero lo suficiente para ver que la niña estaba mojada por haberse orinado, cuando los infectados acabaron agónicamente con la vida de la joven; era probable que también lo hubiera visto.

Cientos de cajas se apilaban en grandes estanterías con una altura de unos cinco metros, y me preguntaba, cómo diablos íbamos a salir de allí. No había ventanas al exterior, toda la estancia era hermética, y parecía no haber más puertas. Los infectados no tardarían mucho en abrirla y no sé cómo pero me daba la impresión, que se estaban transformando en criaturas más organizadas. Durante las primeras horas del contagio, manifestaban gran violencia porque el virus ataca directamente al sistema neurológico y después, al sistema locomotor; de ahí su caótica orientación. Poseen una extraordinaria fuerza física y parece que no les afecte el dolor; a pesar de que a algunos individuos les falten las extremidades y órganos. En cambio, en su segunda fase de contaminación, su violencia se apacigua, caminan siguiendo pautas  y organizan los ataques a base gritos y gesticulaciones.

A los pocos minutos, los golpes cesaron. Seguramente buscarían otras formas de entrar. Los críos agotados, durmieron unos momentos mientras yo buscaba alternativas de escape, antes de que fuera demasiado tarde.
Hallé en el suelo una rendija metálica que comunicaba con un nivel inferior al nuestro. Era lo suficientemente ancha para que mi cuerpo se deslizara por la cavidad sin problemas; sólo tenía que desatornillar sus extremos.
Desperté a los pequeños que aún se sentían extenuados y los bajé uno a uno, anudando varios uniformes que encontré por el almacén.



El hueco conducía directamente a los túneles del alcantarillado de Madrid. Afortunadamente estaba señalizado con pequeñas chapas, aunque algo mohosas. El olor pútrido de los cadáveres por primera vez desapareció, no había cuerpos en este nivel, pero el ambiente estaba más húmedo por la confluencia de los desagües.
Caminamos hacia la Puerta del Sol, allí debía haber más salidas al exterior porque la zona se encontraba ligeramente más baja que Callao, y en caso de lluvia, tenía más riesgo de inundación.
La batería del móvil marcaba un 3% y era lo único que me quedaba para alumbrar; probablemente tanto la linterna como el mechero los había perdido en el auditorio con las embestidas a la mujer.

A los pocos metros de estar caminando escuchamos sonidos tras nosotros, los infectados nuevamente se las habían arreglado para seguirnos. Las ratas, los únicos animales que habíamos vistos vivos, nos adelantaban por los lados ignorando nuestra presencia, y eso era muy mala señal. Corrimos en la misma dirección que marcaban los roedores, y pensé; ¿quién mejor que estos mamíferos para saber por dónde van?

-¡Por aquí, señorita!-dijo el muchacho-Hay luz al final del túnel.
Nos encontrábamos en una bifurcación y pero las ratas no iban en ese sentido.
-¡No! Por ahí no. Confía en mí, debemos seguirlas.
Pero el chaval asustado no me escuchó y continuó sin darse cuenta que se marcaban sombras en movimientos, tapando intermitentemente la luz.

La niña comenzó a gritar y me imploraba con gestos que fuéramos a socorrerle, pero ya era demasiado tarde. Cogí con fuerza a la pequeña y corrimos hacia la oscuridad del túnel opuesto, mientras el móvil vibraba indicando que la batería se había agotado.


jueves, 24 de julio de 2014

MadriZ

Día 6

El amanecer llenó de luz el auditorio. La claridad penetró por las pequeñas ventanas y pudimos observar con más detalle, los resultados de la noche anterior. El rostro de la mujer a la que había matado estaba totalmente destrozado. Su nariz estaba hundida como la de un boxeador, la mayor parte de su dentadura se esparcía por el suelo, y parte de su masa cerebral brotaba por un lateral del cráneo. El resto de su cara estaba oculta bajo litros de sangre espesa.

Retiramos silenciosamente los enseres que bloqueaban la puerta de entrada al auditorio. Fuera no escuchamos movimientos, por lo que decidimos salir al exterior del edificio. Nos dirigimos hacia la Gran Vía y los cadáveres continuaban obstaculizando el paso; sobre todo por su insoportable hedor que causaba mareos y vómitos en la más pequeña del grupo.
Algunos cuerpos estaban cubiertos por panfletos informativos, y no eran los que había leído en el Paseo del Prado, éstos pertenecían a la OTAN. Informaban que la mayoría de los países de la unión europea, estaban restableciendo el orden y que el brote epidemiológico había cesado en su propagación al aislar poblaciones para su cuarentena. Continuaba dando instrucciones a los posibles supervivientes para su pronto rescate y que Madrid no sería arrasada, porque un equipo médico especializado debía localizar al paciente cero. Esta información fue arrojada vía aérea la noche anterior sin darnos cuenta; presumiblemente por aviones militares silenciosos. 

Un estridente sonido proveniente de mi mochila, paralizó al grupo. Sus rostros dibujaron pánico. El eco delataba nuestra posición. Se trataba de la alarma del móvil de la mujer a la que había abatido en el auditorio. Lo guardé porque aún conservaba un 15% de batería y serviría de localizador S.O.S. En cuestión de segundo, centenares de infectados aparecieron por todas partes. Corrimos hacia la única dirección despejada,  a Plaza Callao.
Por delante de mí, la joven anarquista tiraba de la niña y del chico, pero perdí de vista al joven de color. Un infectado lo había derribado unos metros por detrás. Se trataba del que había sido nuestro líder. Con sus propias manos abrió el estómago del joven y comenzó a comerse sus órganos aún estando vivo. Los gritos de dolor eran indescriptibles, no había precedentes a ese sonido.

El edificio comercial Fnac era nuestra única vía de escape.
-Espera por ahí no-gritó la joven tatuada- Mejor vamos a los almacenes, que son de acceso restringido. Conozco el camino, trabajé aquí unas navidades.
El chico me tradujo lo que decía y bajamos a la planta baja del edificio, la sección de electrónica. Al fondo había una puerta metálica pesada donde se estampaba la siguiente frase; “sólo personal autorizado” y en lugar de tener cerradura, tenía un pequeño cuadro numérico de seguridad.

-¡Mierda! Lo había olvidado. Esta puta mierda de seguridad-dijo la joven- Seguramente habrán cambiado el código. Vamos a los vestuarios, quizás en una taquilla algún imbécil habrá dejado su código.
Mientras el chico me indicaba, la muchacha probó suerte con su contraseña, pero saltó la luz roja.
Afortunadamente los vestuarios se encontraban próximos a nosotros. La chica comenzó a patalear todas las taquillas y fuimos una por una registrando su interior.
-¡Bingo!- dijo la joven.
En la puerta de una de ellas, un trabajador había anotado su código con rotulador negro. La chica lo memorizó y volvimos a prisa, pero había varios infectados justo en medio del recorrido hacia la puerta.
-¡Eh chico!-dijo la joven- Vamos hacer lo siguiente. Yo les distraigo y vosotros vais hacia la puerta. La mujer anotó el código en mi mano, cogió un portátil de una estantería y comenzó a golpearlo contra la pared. Los infectados reaccionaron al estruendo y por sus gestos, parecían muy molestos.

Picaron el anzuelo, y abrieron un estrecho pasillo, lo suficiente para llegar hasta el objetivo. Introduje el código y la puerta se abrió. Los pequeños entraron primero, y yo sostuve el portón para evitar que se cerrara. Tenía que comprobar que la muchacha lograra venir sana y salva sin que le infectaran; era un riesgo porque ella sabía el código.
La juventud y su buen estado físico, agotaban a los infectados que corrían sin descanso tras ella, pero se confió demasiado en sus posibilidades y uno de ellos, oculto bajo un estante, desequilibró su zancada precipitándose al suelo.
La sujetaron los brazos y las piernas y a continuación, un infectado fue arrancando uno por uno todos los piercings de su atlético cuerpo. Los chillidos de dolor de la mujer no frenaron aquella carnicería. Pude ver con el rabillo del ojo que le estaban cortando las extremidades a la altura de las articulaciones. La mujer dejó de gritar.



miércoles, 16 de julio de 2014

MadriZ

Día 5

La pequeña comunidad de supervivientes estaba formada por una mujer madura cercana a los cincuenta, de pelo corto oscuro, ojos rasgados y mirada profunda. Se apreciaba por su complexión atlética, que pertenecía a la nueva cultura urbana del culto al cuerpo. Todo lo contrario a la otra mujer, un poco más joven con aspecto desaliñado aunque insultantemente atractiva a pesar de sus piercing y tatuajes. Por la simbología con la que se adornaba, se deducía que pertenecía a la tribu urbana de los anarquistas. Ambas mujeres no parecía mantener conversaciones. Les separaba una línea invisible de prejuicios sociales característicos de las grandes ciudades. Por último un hombre de raza negra de unos treinta años de edad, hablaba con más soltura con la joven anarquista.
Imaginé que al pertenecer a grupos con alto riesgo de exclusión social,  se identificarían más.

El que parecía el líder continuó hablando y el chico traduciendo. Pero de repente se quedó mudo. Con un fuerte gesto indicó al resto del grupo que no se moviera. Buscó a su alrededor a la niña; quizás pensó que podría ser ella la causante de esos sonidos. Pero la pequeña estaba a pocos metros y a la vista, junto a la puerta por donde minutos antes había traspasado.
El griterío cada vez se aproximaba más a nosotros desde el otro lado del muro. Pude escuchar con claridad que una de las voces me era familiar. Sin duda se trataba del mismo infectado que horas antes había intentado matarme en la calle Alfonso XII.

-¡Eh! ¡Chico! Pregúntale a nuestra nueva invitada qué narices hizo allí arriba. Que si vio algún zeta-ordenó con un toque de agresividad.

Les expliqué lo sucedido desde el mismo momento en que desperté en el Paseo del Prado, que me persiguió un infectado, pero que le di esquinazo en el parque.

-Pues ya estás traduciendo esto chaval; IDIOTA. Han seguido tu rastro y los has conducido hacia nosotros. Ahora tendremos que buscar otra guarida, además de ponernos el peligro.

No hizo falta traducción. Los gestos despectivos de aquel hombre hubieran valido un “Oscar” a la mejor interpretación. Salimos corriendo en dirección Banco de España, con la esperanza que no hubiera, en la única salida al exterior, otros infectados.
A nuestras espaldas, se apreciaban un gran número de figuras caminando aceleradamente hacia nosotros, impacientes de darnos caza.

Salimos al exterior y a pesar de lo desolador del paisaje urbano, a simple vista no vimos ningún infectado.
El líder de nuestro pequeño grupo, nos condujo directamente al Palacio de Cibeles. Era uno de los pocos edificios que aún quedaban en pie y sus grandes dimensiones, nos darían más oportunidades.

Un grupo de infectados nos siguió desde el interior del metro hasta el edificio. Observé su comportamiento, y era muy distinto comparado con días anteriores. Ya no parecían desorientados, caminaban en línea recta y no gritaban tanto, aunque su aspecto continuaba siendo desagradable. Alguno le faltaba la mandíbula inferior y el músculo de la lengua se podía apreciar desde el interior de la garganta. Otro arrastraba sus intestinos sanguinolentos por el asfalto mientras masticaba sus propias vísceras y todos presentaban hemorragias a través de los orificios del cuerpo. Su conducta era básica,  muy definida a la atracción por los no infectados, como un deseo agónico de supervivencia.

Los últimos rayos de luz del día iluminaban tímidamente la puerta principal  del edificio, proyectando sobre la fachada las sombras de los infectados, que aumentaban de tamaño conforme se aproximaban.
En el interior todo estaba oscuro. Pudimos cerrar la entrada y atorarla con lo que pudimos encontrar más a mano, aunque sabíamos que no aguantaría mucho tiempo.
La edificación se elevaba hasta las ocho plantas, y varias galerías cubrían cientos de metros cuadrados que nos servirían de vía de escape en caso necesario.

La mujer de pelo corto sacó de su bolso un móvil de última generación y lo usó como linterna improvisada. Aún conservaba algo de batería al haberlo desconectado en las horas diurnas.
El chico, por orden del líder, me indicó que buscara en el panel informativo el auditorio, próximo a nuestra situación. Por lo que deduje, allí pasaríamos la noche ya que la estancia estaba aislada del resto de la arquitectura.
Apenas se escuchaban sonidos desde el exterior, aunque corríamos el riesgo de que hubiera algún infectado dentro del edificio; no dio tiempo a inspeccionar.

Sellamos el interior del auditorio con lo que pudimos aprovechar del mobiliario de la primera planta. El silencio era demasiado sospechoso, el grupo que nos perseguía se había desvanecido de repente. El hombre corpulento y autoritario decidió comprobar si el acceso principal al auditorio, estaba correctamente bloqueado. Se acercó con prudencia pero un infectado, desde un hueco de la pared, le agarró de una pierna con tanta fuerza que fracturó todas sus extremidades succionándolo como una aspiradora. La mujer de pelo corto corrió a socorrerle pero en el forcejeo fue mordida por otro infectado.
El líder del grupo desapareció y la mujer en cuestión de segundos, comenzó a tener fuertes convulsiones previas a la infección. Sin pensarlo, me acerqué a ella y la propiné varios golpes en la cabeza con una butaca que había sido arrancada en el anterior asedio al Palacio. No dejé de agredirle hasta que el joven de color me impidió continuar. La mujer estaba muerta, y yo la había matado.




viernes, 11 de julio de 2014

MadriZ


Día 4

Los accesos al metro del Retiro estaban cerrados, aunque no de la manera convencional. Había objetos de todo tipo apilados sobre varios metros, hasta cuerpos humanos, para formar lo que parecía una improvisada barricada.
Posiblemente cuando los infectados tomaron los túneles, la propagación debió ser más rápida porque las avalanchas humanas debieron taponar a los que intentaban escapar.
Los no infectados desde la superficie impidieron su salida para que fuera más cómoda su exterminación. Esta vez sus cráneos no estaban reventados. El color azulado de sus rostros delataba la causa, por asfixia. Sólo el ejército podría haber preparado un contraataque de esta envergadura.

Retiré de mi camino los obstáculos más ligeros para poder atravesar el muro. Estaba muy oscuro y algo crujiente bajo mis pies se pegaba a mi suela. Con un fuerte chasquido encendí el mechero olvidando que tenía una linterna en la mochila. Vi cientos de gusanos que brotaban de los cadáveres. Los cuerpos se encontraban en una crítica fase de descomposición; en algunos la carne se desprendía del hueso y la necrosis cubría el 90% de la piel.

De un salto me arrojé a las vías preguntándome dónde narices estarían los no infectados como yo. Durante las últimas 48 horas me había topado con miles de personas, pero no las suficientes para una ciudad de cinco millones de habitantes. Faltaba mucha gente, y esperaba que la mayoría estuviera sana y salva de este virus mortal.
El túnel en dirección al este estaba cortado, sólo había una única dirección, la estación Banco de España. Calculé que la distancia aproximada era de un kilómetro y que a pie tardaría 20 minutos.
Esta vez utilicé la linterna para iluminar tímidamente las paredes y el suelo del túnel. El olor seguía siendo insoportable pero lo amortiguaba con litros de perfume.

A lo lejos vislumbré un vagón descarrilado, y pensé que sería un buen lugar para descansar unas horas. En el interior había unos pocos cadáveres y los arrojé afuera. Rocié con colonia la estancia y cubrí con ropa todos los huecos que pudieran filtrar el mal olor. Me acomodé e intenté relajar mi cuerpo con buenos pensamientos.
A los pocos minutos, escuché sonidos de pisadas que se aproximaban hacia mí y nuevamente me quedé inmovilizada.


Una figura de corta estatura se acercó y me habló en idioma extranjero.
Era una niña de unos ocho años y de aspecto sano. No parecía estar infectada. Con gestos me indicó que le siguiera  hacia una salida de emergencia utilizada para evacuar siniestros. Me sentí aliviada cuando escuche voces humanas al otro lado del túnel. Se trataba de un pequeño grupo de personas que había sobrevivido al ataque tanto del ejército como de los infectados. Pero sorprendentemente todos eran extranjeros, sólo un chico adolescente chapurreaba mi idioma. Me tradujo información  del que parecía ser el líder, un hombre corpulento de mediana edad que por sus gestos autoritarios dejaba al descubierto haber sido un trabajador de mando intermedio.
Por lo visto el virus, había infectado en sólo cuatro días a más de 60% de la población mundial, que no se conocía remedio y que los no infectados debían ocultarse hasta que se frenara la propagación. Continuó diciendo que el tramo de túnel donde se encontraban, estaba aislado  y actuaba como cuarentena y  que de este modo tendrían más posibilidades de sobrevivir. Sólo salían al exterior a buscar alimentos en las horas centrales del día, cuando los infectados eran más sensibles a la luz y al calor.




jueves, 10 de julio de 2014

MadriZ

Día 3

No acudí al encuentro de aquellos sonidos, a pesar de haber estado deseosa de hallar algún superviviente en la Estación de Atocha. Miré con cautela a través de la ventana y observé algunos cuerpos reptando por el asfalto. Su comportamiento no era humano. Muchos se quedaban inmóviles cuando se topaban con alguna barrera arquitectónica como por ejemplo;  unas simples escaleras o una farola. Se quedaban aletargados, mirando al vacío como si estuvieran esperando a que alguien les auxiliara.

Sentí miedo al pensar que podían entrar en el Hotel, por eso previamente había bloqueado todos los accesos al edificio con el mobiliario más voluminoso. A pesar de la inquietud, pude relajarme y dormir unas horas. Los infectados parecían estar buscando una dirección concreta a donde ir, y el Hotel no era su destino.

Los primeros rayos de luz me ayudaron a asegurar que en la calle no habría ningún movimiento sospechoso. De nuevo el silencio invadía el día.
Bajé con cuidado a recepción. El variado menaje utilizado para atrancar las puertas exteriores, había sido desplazado unos centímetros. Alguien o algo, había intentado entrar en el Hotel, pero fracasó.

Los cadáveres se encontraban en una fase de putrefacción más avanzada. Tuve que cubrirme parte del rostro con un pañuelo impregnado de colonia para poder seguir avanzando. Decidí descartar la Estación de Atocha, allí no había tenido suerte y debía que seguir buscando en otros lugares. Continúe caminando por Alfonso XII en dirección Puerta de Alcalá, con la esperanza de tener más fortuna. Pero nada, más y más muertos.

 De repente, vi una figura moverse con normalidad muy próximo a una de las majestuosas entradas del gran parque madrileño. Se trataba de un hombre que parecía hacer gestos de invitación. Me aproximé despacio, aún no podía ver con claridad su aspecto. El hombre comenzó a correr de forma descontrolada hacia mí, con los ojos desorbitados y chillando como un animal en la matanza. De perfil se apreciaba que le faltaba la mitad del cráneo y su masa cerebral le colgaba de forma gelatinosa por su cara. Los no infectados habían hecho un mal trabajo.

Corrí con todas mis fuerzas sin darme cuenta que había penetrado en el parque. El miedo y el instinto de supervivencia, me habían conducido al follaje para camuflarme. Estaba tan agarrotada de aquel inesperado encuentro, que tuve que cortarme con un trozo de vidrio para sentir algo fuerte que me devolverá a la realidad.

Ahora no escuchaba sus chillidos. Le había despistado, aunque fuera por unas horas. Caminé con agilidad por el parque hacia Alcalá. Mi objetivo al final del día era buscar refugio antes de que anocheciera. La idea de pernoctar en otro Hotel no me tranquilizaba, demasiado arriesgado. Ya habían intentado entrar y ahora sabrían buscar otro modo.

La estación de metro del Retiro, se encontraba a pocos metros. El suburbano me daba la oportunidad de esconderme entre los recovecos de los túneles en caso de ser localizada, aunque la idea no me resultaba nada atractiva, si daba un paso en falso se podría convertir en una ratonera sin salida.  



lunes, 7 de julio de 2014

MadriZ



Día 2

La Organización Mundial de la Salud dio la alarma de pandemia en Fase 4 “transmisión comprobada de persona a persona de un virus animal o un virus reagrupado humano-animal capaz de causar brotes a nivel comunitario". Se alcanzaron las siguientes fases en cuestión de horas.


El virus había traspasado las fronteras norte y sur de la península ibérica.  Su propagación por el continente africano y resto de Europa era inevitable. Las fuerzas militares de la OTAN no tuvieron tiempo de reagruparse y esperar instrucciones del Consejo del Atlántico Norte, Bruselas cayó al atardecer del segundo día.

Un intenso olor a putrefacción me hizo despertar. A mi alrededor se amontonaban cientos de cadáveres. Los muertos parecían haber estado enfermos porque su piel estaba escamosa como si fueran leprosos. Tenían restos de carne y sangre alrededor de sus bocas.
Seguramente los 35º grados que marcaba el mercurio en Madrid aceleró la descomposición de los cuerpos. Era obvio que la causa de la muerte de casi todos fuera un grave traumatismo craneoencefálico que se apreciaba a simple vista. Los no infectados utilizaron cualquier objeto contundente para exterminarlos.

Me encontraba en mitad de la calzada del Paseo del Prado muy cerca del la estación de Atocha, y no recordaba cómo acabé allí. Mi última imagen era que estaba paseando por el parque del Retiro, haría unas 24h.
Miré en todas direcciones y no vi nada que estuviera vivo. Decidí acercarme Atocha, con la esperanza de encontrar a alguien que pudiera explicarme lo sucedido. Algunos vehículos aún se encontraban en marcha quemando combustible y aproveché para escuchar noticias de la radio. Pero en todas las emisoras sonaba lo mismo, nada. Cogí del suelo los móviles que aún tenían batería, pero la cobertura en todos ellos había desaparecido. No había acceso ni a internet ni a llamadas salientes. Estaba totalmente incomunicada, completamente sola.


Cientos de panfletos cubrían el suelo. Se trataba de un comunicado del ejército y en varios idiomas decía lo siguiente; “atención, virus en propagación en fase 4. Manténgase alejados de los infectados. No se acerquen. Busquen refugio y comida hasta que se restablezca el orden”.


Se trataba de la primera información que pudiera justificar aquel espectáculo dantesco. Al principio, me aterrorizaba mirar a los muertos hasta que comprendí que formaba parte de mi nueva realidad. Cuanto antes la aceptara, más posibilidades tendría de sobrevivir.

Dejarme llevar por el pánico me conduciría a un túnel con salida a la muerte. Me paré a pocos metros de la Estación para pensar con sangre fría qué debía de hacer en las próximas horas. Necesitaba un cigarrillo para relajarme. Me dirigí al primer bar de la zona, y sin pensarlo agarré con fuerza una silla de su terraza y golpeé con fuerza a la máquina expendedora de tabaco. Cogí varios paquetes y los introduje en mi mochila.
Antes de provisionarme de víveres para las próximas horas, debía de comprobar si en la Estación de Atocha y alrededores, habría alguien con vida y no infectado.

Una vez en el interior busqué los megáfonos de información al viajero. Tuve que apartar más cuerpos para poder continuar y derribar puertas de acceso restringido o de personal autorizado.
Conseguí llegar a la sala provista con todo lo necesario para transmitir por megafonía. Pulsé varios botones de un panel y al momento se activó.
-¡Hola! ¿Hay alguien vivo? Soy una superviviente, y no estoy infectada. Por favor, necesito ayuda.

Lo repetí durante media hora, pero no obtuve respuesta. El silencio era lo más aterrador. Bajé hasta las vías de Renfe cercanías y AVE. Grité y grité pidiendo auxilio a pesar de correr el riesgo de que me encontraran antes los que tuvieran enfermos. Se acercaba la noche y debía buscar refugio para las horas nocturnas.
Con facilidad conseguí alojarme en una modesta habitación de un hotel próximo a la zona. La actividad que había experimentado durante el día me había quitado el apetito, pero me obligué a comer. No podía caer enferma, tenía que continuar luchando por sobrevivir en un mundo hasta ahora muerto.
La llegada de la noche no sólo trajo la oscuridad también los primeros sonidos de vida, aunque la verdad no parecían humanos.



MadriZ



Vi en el cielo otra señal, grande y admirable: siete ángeles que tenían las siete plagas postreras; porque en ellas se consumaba la ira de Dios.
-capítulo 15. Versículo 1. Apocalipsis-


Nota de autor:
  Relato incluido en mi libro  Los sueños de Andrómeda. Aquí tenéis el enlace:



domingo, 6 de julio de 2014

MadriZ


Día 1

Por sus interminables salas y pasillos deambula la friolera de unos tres millones de visitantes al año.  No era de extrañar que la propagación del virus comenzara en una de las más prestigiosas galerías de arte del mundo, el museo del Prado ahora convertido en la zona cero.

Las últimas investigaciones apuntaban que el paciente cero, una visitante de edad comprendida entre los 20 y 36 años y de nacionalidad extranjera, transmitiera el virus a un vigilante de la sala 4, donde se ubica de forma permanente el exitoso tríptico del Bosco, El jardín de las delicias.
Desde luego nuestra paciente cero se ajustaba estadísticamente al perfil sociodemográfico que demandaba el Prado. El 24% de las visitas son de dicha franja de edad y el 60% son mujeres. Pero lo más destacado de esta joven mujer es que era portadora del virus, la enfermedad no la desarrolló.

Los testimonios de algunos de los supervivientes del día D señalaban haber visto a una mujer desmayarse en la sala 4. Que un vigilante le acompañó a la enfermería del museo y que pocos minutos después comenzaron a escuchar gritos de socorro y gente corriendo sin control. Vieron personas comportarse de manera violenta, sin orientación y que propinaban golpes mortales a los que intentaban ayudarles. La situación caótica y violenta iba creciendo por minutos y que al poco, las personas que se comportaban de manera extraña llenaban las salas colindantes, al tiempo que disminuía el número de voces pidiendo auxilio…



 Desirée